1 de enero de 2011

Réplica del autor del Informe a la respuesta de la "Gobernadora" de Holguín


REFLEXIONES SOBRE LA RESPUESTA DE LA SR.ª D.ª VIVIAN RODRÍGUEZ GORDÍN, PRESIDENTA DE LA ASAMBLEA PROVINCIAL DEL PODER POPULAR DE HOLGUÍN, SOBRE INFORME DE PROPUESTA DE MODIFICACIÓN DEL ESCUDO DE LA PROVINCIA. 

Señora Presidenta: 

En vistas de que en la respuesta que Vd. tuvo a bien formular a mi propuesta de modificación del escudo provincial holguinero, intitulada “Informe al Consejo de la Administración Provincial de Holguín sobre la conveniencia de adoptar un nuevo escudo de armas”, que fue remitida, por conducto de la Oficina de Historia y Monumentos, a la corporación de su digna presidencia, mal interpreta supuestos agravios que según Vd., pude haber ocasionado, es que hago estas aclaraciones necesarias para el bien del patrimonio holguinero (origen de esta polémica que confío no pierda su sanidad) que me preocupa tanto como que tergiversen esas mis intenciones en irrespeto a los valores holguineros cuando es todo lo contrario, como lo demuestran mis preocupaciones plasmadas en mi propuesta que inexplicablemente, suscitó la ira de Vd. De tal suerte nacen estas reflexiones, no sin antes presentar mis saludos y respetos tanto a usted como a los demás representantes del órgano de gobierno local. Por otra parte, agradecer que haya sido Vd. la persona que emitiera su veredicto que ahora analizo, lo cual es muestra de la elevada importancia que para vuestra administración tiene el escudo cívico local. 

Cuando en mi propuesta escribí: “asuma nuestras recomendaciones” (página 1, 2º párrafo), fue empleado el término en el sentido de “apropiarse”; es decir, es mi objetivo que el gobierno provincial repiense (y aplique si le convencen, total o parcialmente como estime pertinente, o al menos, que ninguna enmienda, sea o no propuesta mía, obvie a la Ciencia Heroyca) dichas recomendaciones atendiendo a todos los fundamentos que ofrezco y en el bien del patrimonio holguinero, sin que se mal interprete ningún interés de particular reconocimiento por mi contribución, absolutamente desinteresada. En más de una ocasión, al recomendar cualquier modificación de otros escudos cívicos cubanos a corporaciones cívicas, las autoridades competentes ni siquiera han tenido el decoro de acusar el recibo de nuestras comunicaciones, como ocurrió con la administración anterior a la vuestra, ante la cual hube de reclamar por no haber tenido la cortesía de participarme el recibo del informe que en aquella ocasión —hace poco más de tres años— presenté y que luego pasó, por encargo de la propia administración y por mis reiteradas protestas, a la Oficina de Historia y Monumentos, la cual dio curso a nuestra pretensión. 

Estoy consciente de que el Consejo de la Administración Provincial no tiene facultades para modificar un Acuerdo de la Asamblea, y varias razones me movieron a dirigir aquel “Informe…” a esa institución: en primer lugar, porque la Asamblea Provincial tiene cortos y escasos períodos de reuniones, y se corría el riesgo que se archivara la propuesta sin llegar a las manos de los delegados, como ha ocurrido en situaciones anteriores; muy por el contrario, el Consejo de la Administración Provincial es un órgano que casi siempre se encuentra en funciones, su carácter ejecutivo le imprime celeridad a sus trámites y consideré que al enviar al documento a dicha corporación, sometería la propuesta a la Asamblea cuando ésta se reuniera, o al menos colocaría el asunto en el orden del día de la próxima sesión ordinaria; en segundo lugar, mi intención es, como escribí en aquel “Informe…”, que el gobierno local tome habida cuenta de la situación en que se encuentra el escudo provincial, a lo que adjunté mis recomendaciones como modesto aporte, que sirva de punto de partida para que, junto a otros historiadores y especialistas en diversas materias, se pueda lograr una pieza artística realmente conforme con los patrones de composición heráldica, y ello lo repetí en varias ocasiones durante mi estancia en la ciudad de Holguín, incluso en ocasión de una conferencia que tuve el honor de ofrecer, por invitación de la Oficina de Historia y Monumentos de la provincia. 

Asimismo, reiteré en varias ocasiones que no se trataba de una propuesta acabada, por respeto a los especialistas en la historia e identidad de Holguín, en este caso soy eminentemente un heraldista y simbólogo, ciencias que lamentablemente en Cuba, como en tantos otros países, se han deteriorado en el tiempo, consecuencia de lo cual me dirijo a aquellos blasones con notoria disparidad al genuino patrimonio heráldico mundial, a fin de que los cubanos también tengamos emblemas dignos en sus respectivas especialidades a nivel internacional. 

Ante el escudo provincial de Holguín, me limité a reorganizarlo, dejando los elementos que consideré conformes a la Ciencia Heroyca. El objetivo de un escudo es captar la atención de quien lo vea, que logre un impacto visual, lo cual se garantiza con un diseño sobrio y liberado de la multitud de figuras y líneas que actualmente pesan sobre el escudo provincial holguinero, que dificultan y enrarecen su visibilidad y se frustra en sus intenciones. En Heráldica, es importante que las figuras y piezas se distingan perfectamente a una distancia prudencial, y en cambio, el que nos ocupa debe ser examinado con detenimiento porque existen figuras colocadas encima de otras, en perspectiva, mutiladas, es decir, las figuras se encuentran en un lamentable estado de caos, lo cual traiciona su esencia heráldica al truncar su misión. 

Es por ello que sostuve en su oportunidad y sostengo aún que el actual “escudo” de Holguín no se recomienda ni siquiera como emblema, ya que su diseño es sumamente complicado, y sus supuestas figuras (no son figuras en la técnica heráldica) se encuentran en un completo desorden, lo cual es una realidad palpable y no un comentario ofensivo, como Vd. mal interpretó. E inmediatamente explico esta posición: 

La más moderna teoría heráldica contempla al escudo como una categoría, con una estructura bien definida, comprensiva de: tipo, significado y animus. En cuanto al diseño (el tipo), el elemento más importante en el escudo es su campo, que es la superficie delimitada por la boca (contorno) sobre la que descansan las piezas, las particiones y los muebles, que son los componentes del diseño. Los emblemas, también denominados imagotipos, logotipos, isotipos, isologotipos, etc., en el diseño gráfico contemporáneo, se construyen generalmente con trazos sencillos que forman figuras de escasa elaboración o estilización, con lo cual permiten un impacto visual momentáneo pero profundo, dado el hecho que estos emblemas han sido sabiamente incorporados por los comerciantes para promover sus productos; recuérdese que la Heráldica es la madre del anuncio publicitario, y en retroalimentación, se ha enriquecido con lo mejor de las Ciencias Comerciales; por lo tanto, se buscan emblemas que no tengan muchos detalles para que un transeúnte o un conductor pueda memorizar el dibujo con apenas unos segundos de contemplación. 

Por todo lo anterior, el impacto visual profundo es un efecto que la Heráldica exige porque siempre lo han necesitado los escudos, pero éstos tienen un discurso totalmente distinto, toda vez que está sujeto a reglas de posición y esmaltaje que requieren de un conocimiento especializado para ser descritos, estudiados y organizados, incluso, son objeto de ceremoniales específicos, a diferencia de otros emblemas como los logotipos, que aún carecen de doctrina propia, en tanto la Heráldica sí la ha desarrollado por más de un milenio para devenir pionera de ello entre los símbolos, patrimonio que debemos defender; de aquí que los logotipos no se consideran tan “solemnes” como los escudos de armas. Si bien los logotipos deben ser construidos para ser recordados y fácilmente identificados con sólo verlos escasos segundos, los escudos de armas, en su origen, fueron así también, incluso, aquellas armas que se consideran “de campo simple”, generalmente son muy antiguas, y constituyen una expresión de la síntesis necesaria para identificar un linaje. Ocurre que la composición u organización de escudos de armas se encuentra sometida a ciertas recomendaciones o reglas que más que leyes, se consideran costumbres o tradiciones, que indiscutiblemente se erigen en fuentes patrimoniales que el escudo provincial de Holguín está vulnerando. 

Por otra parte, los escudos de armas se someten a la boca como su límite natural, mientras que los emblemas tienen completa libertad para extenderse conforme la voluntad de su creador. Es decir, cuando hablamos de emblemas, nos referimos a un tipo de diseño gráfico sin tantos patrones de composición que sí exigen los escudos, y generalmente busca mayor simpleza con el empleo de trazos abiertos, pocos colores (generalmente blanco y otro oscuro), juegos de letras, supuestas irracionalidades y realidades atomizadas, elementos propios de la post-modernidad, etc., mientras que los escudos de armas son emblemas también pero otro estilo, es sencillamente otra estética, conformada por trazos cerrados y sumamente estilizados, contraste de diversos esmaltes, y ante todo, una sobriedad garantizada por la armónica disposición de las piezas, particiones y muebles, que permiten su visibilidad y diferenciación a distancia. 

Por lo tanto, en lo absoluto concuerdo con Vd. al considerar que es un término ofensivo o irrespetuoso. Quise decir con esa frase que, si bien los emblemas tienen mayor flexibilidad que los escudos de armas, y al ser el escudo holguinero tan irreverente con las reglas que informan la composición heráldica, no puede siquiera recomendarse como emblema (no quiere decir que no lo sea, sólo que no se recomienda) por ser muy poco vistoso, tener figuras que se atropellan unas encima de las otras, exceso de colores, exceso de realismo, entre otras deficiencias que, muy al contrario a vuestro parecer, nada tienen de ofensivas ni a su persona, ni a la Asamblea Provincial, ni al pueblo de la provincia. Tampoco es cierto que los emblemas tienen categoría inferior a los escudos, aunque algunos heraldistas sostienen que los escudos de armas se prefieren a los isotipos. Los logotipos son tan ventajosos como los escudos de armas, porque no se pueden extraer ambos fenómenos emblemáticos de cada contexto. Ambos son símbolos en toda la extensión de la palabra, y ambos se someten a reglas de composición más o menos rigurosas, pero el actual escudo de Holguín no cumple ninguna de ellas: es un amasijo de figuras que se sobreponen, se atropellan, se mutilan, sin orden ni concierto y sin esmaltes heráldicos por el abuso del azul-celeste y los tonos naturales. No existe un criterio estético aplicable al actual escudo provincial holguinero. 

Buenos ejemplos de emblemas de Estado son las actuales representaciones simbólicas de la República de Guatemala, la República Federativa del Brasil, la República Italiana y el Imperio del Japón. En estos casos, por una cuestión de orden en el tratamiento de los símbolos de los Estados, se les otorga a estos emblemas la categoría de escudo de armas, aunque no lo son. Este criterio de tratamiento responde al hecho que la mayoría de los símbolos de los Estados son escudos de armas, y para que estos emblemas puedan disfrutar la precedencia y de un protocolo uniforme, se les considera, excepcionalmente, como escudos, para no vulnerar el principio de igualdad que rige en el Derecho Internacional Público; pero ya le dije, ello se avala ante todo, porque son buenos emblemas; no es el caso del escudo provincial holguinero. 

En cuanto a la objetada frase “el pretendido escudo pasa a ser cuadro”, me permito hacer dos reflexiones: en primer lugar, digo “pretendido escudo” porque al ser la Heráldica una ciencia, como Vd. misma lo ha dicho, ésta se rige por leyes. Toda ciencia supone la existencia de una doctrina científica que la sostenga, y que no es más que la conceptuación y definición de sus principales instituciones. La doctrina científica se forma con el criterio de especialistas en la materia. 

“Escudo” es, pues, una de esas instituciones o categorías que, como ya le apunté en líneas anteriores, se produce como resultado de la interrelación de tres planos: tipo, significado y animus, los cuales conforman a su vez la estructura lógica de la Heráldica, y es preciso hacer esta explicación para que se entienda mejor por qué hablamos de “pretendido escudo”, y por qué no se acepta el paisaje como figura heráldica, ya que muy por el contrario, demuestra escasos conocimientos de la ciencia y resta vuelo artístico al discurso heráldico, pues convierte el escudo en un cuadro pictórico. El tipo, según lo define D. Eduardo Pardo de Guevara, es “el cauce a través del cual las armerías proyectan una unidad formal a las variadas figuras que tienen cabida en sus representaciones. No se trata, por tanto, de un estilo artístico determinado, sino más bien de una interpretación”. Para mejor comprender esta definición, pensemos que el tipo es básicamente el diseño, estilizado y caracterizado. En conclusión, como afirma D. Ignacio Koblischek y Zarazoga, el tipo se aparta de “paisajismos, sombras, degradados o fotografías”.[1] Es por ello que se afirma que el escudo pasa a ser un cuadro, porque reproduce con marcado realismo un paisaje. Básicamente, si un escudo no cumple con las leyes heráldicas sin justificación alguna, se consideran armas falsas, rendidas o faltas al arte, y en consecuencia, no puede valorarse como escudo de armas. El escudo de Holguín no tiene tipo, sólo significado y animus. Lamento mucho que Vd. haya confundido mi lenguaje técnico heráldico, con falta de respeto. 

Ahora bien, el hecho que el paisajismo iconográfico o realista se encuentre —aunque con mucha menor intensidad— en el Escudo de la República, no significa que esté bien hecho; es decir, ello no constituye una convalidación ni mucho menos, es más, tanto en el escudo de Holguín como en el de la República se abusa del paisajismo: en ambos casos se trata de errores o disconformidades con los usos y costumbres heráldicos. Recordemos que el escudo original que pintara Miguel Teurbe Tolón no traía paisajes, sino sencillamente una palma sobre un terrazo —estrellas aparte—; con el tiempo, y por causas cuyo estudio desbordaría notablemente los límites de esta nota, se fueron añadiendo elementos extraños al paisaje original de Teurbe Tolón, como las montañas que aparecen en perspectiva, los celajes e incluso, durante los años 50, un triángulo rojo en la punta del cuartel; de interesarle mayor minuciosidad en el análisis del Escudo Nacional y de otros escudos cubanos, mejores y peores, podría facilitarle a Vd. alguno(s) de mis textos que han sido presentados y reconocidos en disímiles certámenes de nuestro país, en lucha constante por defender el genuino patrimonio e identidad de todas las localidades que integran nuestra Patria. 

Detectar los errores que se cometen en determinada esfera de la vida y combatirlos directamente no puede ser en ningún caso ofensivo ni irrespetuoso, como no lo fue el estudio que realizara el Sr. Luis Lamarque sobre el Escudo Nacional, en 1938, intitulado “Los disparates del Escudo Nacional”, cuyos argumentos fueron retomados en 1960 por el reconocido intelectual Dr. Antonio Iraizoz y del Villar en “El verdadero origen del Escudo Nacional”,[2] persona de distinguida reputación que ocupó la dirección de la Academia Cubana de la Lengua tras la muerte del Conde de Casa-Bayona; o la monografía de Juan G. García Enseñat, en la que propone modificaciones a las Armas Nacionales. Todos ellos hicieron rigurosos análisis del Escudo de la República, en los que incluyeron críticas de mayor o menor rigor, como la inconveniencia de su peculiar boca, la redundancia de sus cuarteles, la desventajosa disposición de las barras de plata en el segundo cuartel, etc., y no por ello los cubanos de aquellos tiempos se consideraron ofendidos o irrespetados, y muchas de esas críticas carecían de un profundo análisis histórico que develara la intríngulis simbológica cubana. 

Es por las razones antes expuestas que no encuentro fundamento a la calificación de ofensa que Vd. ha referido en su escrito, sino muy por el contrario, son críticas que ayudan a identificar los errores del actual escudo, como mismo se tomaron en cuenta los que identificaron las personas antes mencionadas en el Escudo de la República, para su última modificación en 1983, ¿y quién se atrevería a decir que los señores que redactaron el proyecto de ley en 1983, y fundamentaron la necesidad de la modificación del escudo en aras de su mejoría, ofendieron al pueblo cubano o a sus autoridades? Las modificaciones y sustituciones de escudos de armas, así como de banderas, sellos, himnos, condecoraciones y otros símbolos, son situaciones cotidianas en las vidas de muchos países y comunidades, y puedo mencionar, como ejemplos, los escudos siguientes: la Habana (modificado en 1938), Bayamo (sustituido en 1942 y nuevamente en el 2000), Mayarí (modificado en 1986), Santa Clara (sustituido en 1992), Santiago de Cuba (sustituido en 1978), entre otras ciudades. 

En conclusión: es verdaderamente lamentable que Vd. haya mal interpretado como ofensiva una práctica común en todo el mundo civilizado y por supuesto, en nuestro propio país, donde la crítica y la autocrítica se reconocen y exigen como fuerzas motrices del desarrollo, contra limitantes regionalistas y desventuras personales que han pretendido aislar y fustigar toda crítica, en franca reacción contra los más revolucionarios momentos de nuestra historia, eternos aliados de la crítica constructiva como la que yo les he expedido, puesto que no ha sido limitada a plantear problemas, sino a sugerir recomendaciones para enmendar dichos problemas, obra por la cual no tengo más aspiración que mejorar el patrimonio heráldico cubano, en el que se inserte mucho más consecuentemente, el escudo provincial de Holguín, y otros tantos. 

En relación con los escudos provinciales que Vd. menciona, el de Matanzas, concedido en 1918, diseñado por el Sr. Enrique Fontova y llevado al lienzo por el pintor Esteban Valderrama, es otro acto inconsecuente de transformar un escudo local de exquisita elegancia en una pintura, toda vez que es una copia adornada y pintoresca del escudo de la ciudad de Matanzas, concedido por D. Fernando VII en 1828. La provincia Pinar del Río, por su parte, concedió nuevas armas en 1928,[3] al derogar con dicho acto[4] un escudo de principios del siglo diseñado por el Sr. D. Leandro González Alcorta y dibujado al lienzo por D. Gregorio Díaz, según la investigación del Prof. Gerardo Ortega, distinguido historiador pinareño. No pienso extenderme sobre los escudos de Pinar del Río y Villa Clara, ya que sobre ellos se adjuntan sendos documentos de análisis heráldico, pero me permito exponerle que en el caso de Santiago de Cuba, si bien su escudo tiene una proyección diáfana, lamentablemente, los artistas encargados de su reproducción, que tuvieron la gran responsabilidad de llevar el diseño a dibujo, son excelentes pintores, pero como no tienen conocimientos de Heráldica, el dibujo queda con un marcado acento paisajístico, donde no debe ser así. 

Lo mismo ocurre con muchos escudos coloniales que venían descritos desde Madrid, pero en Cuba abundaban los buenos pintores y escaseaban los heraldistas, y muchas veces no podían interpretarse correctamente, como sucedió con el escudo de la ciudad de Bayamo, de 1792, o bien eran dibujados con numerosos dislates, ejemplo de lo cual es el escudo de la villa de Guanabacoa, concedido por Real Cédula de 13 de agosto de 1743, y todavía en mediados del siglo XIX, con motivo de la concesión del Collar de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, se dibujaba mal, y aún en nuestros días, es esa la versión que se reconoce como “oficial”, otro dislate heráldico, desprovisto de todo análisis, puesto que otro error que ha sido asumido, es reconocer como escudo a la versión diseñada de la descripción (o sea, la pieza) ignorando la descripción en sí misma, que en todos los casos, es el original y verdadero escudo; lo mismo ocurrió con la versión del escudo de la villa de Santa María del Rosario, dibujado por el Sr. Jorge Hurtado de Mendoza, así como la interpretación que hace este pintor del escudo que diseñó Joaquín Infante en su proyecto de Constitución para una Cuba libre, en 1812. 

No tema en casos como este, por pérdida del patrimonio; en primer lugar, el patrimonio se hereda tradicionalmente con significado para la comunidad concreta, durante un proceso orgánico en su devenir, en lo que sí está profundamente avalado nuestro Escudo Nacional; no es tan simple como que lo llamemos escudo, y ya mecánicamente, engrose el patrimonio, el cual requiere de otras pruebas más allá de nuestras voluntades. Lo que no debemos permitir es que nuestros aportes desde la época que vivimos y por la que somos responsables ante el futuro, hieran el patrimonio del mañana. 

Por otra parte, la modificación de los escudos no siempre implica pérdida del patrimonio, sino su enriquecimiento, y digo no siempre porque lo que aconteció con el escudo de la ciudad de Santiago de Cuba sí fue, desgraciadamente, una pérdida irreparable. Sin embargo, el escudo provincial pinareño se modificó en 1928, y nadie en Pinar del Río admite la idea de haber perdido patrimonio, sino todo lo contrario, con mucho orgullo ostentan su escudo primado, además del que tienen concedido actualmente. Modificar el escudo y adoptar uno nuevo no significa en ningún caso olvido o rechazo de la historia, ni del patrimonio que ello supone. ¿Es que acaso el danzón, el mambo o el cha-cha-cha no forman parte de nuestro riquísimo patrimonio musical? ¿Alguien puede destruir ese patrimonio aunque no se bailen ya esos ritmos con la misma intensidad de antaño? La respuesta a estas preguntan deben satisfacer vuestra inquietud sobre si la modificación de los escudos atenta o no contra la conservación del patrimonio. De cualquier manera, la conservación del patrimonio no puede suponer el rechazo al avance, al desarrollo, al mejoramiento, bajo pretexto de un patrimonio falso pues por ello mismo, ha degenerado reaccionario. 

El escudo provincial holguinero está en la historia, no sólo de la provincia, sino del país, como la historia no puede obviar ninguno de nuestros actos cotidianos, pero no es posible decir todavía que constituye un patrimonio cultural, por sus escasos años de existencia emanado de una convocatoria, y su polémica identificación entre los holguineros, si bien es cierto que hasta el momento ha regido para la provincia y habla a su favor que incluso, el gobierno lo usa más y mejor que en otros lugares del país. Pero no se limita a ello su condición patrimonial, inseparable de la tradición que por añadidura, los expertos más conservadores hablan de un período mínimo de 25 años para que una conducta o fenómeno determinado se configure en tradición, garantizado desde luego, por la transmisión de generación en generación. Lo que sí puede ser preocupante es que las nuevas generaciones hereden un patrimonio heráldico que no es heráldico; estamos a tiempo para enmendar las ramas, antes de que se conviertan en troncos. Es nuestra responsabilidad, por ende, fomentar un patrimonio sólido, surgido de un proceso orgánico y sin obviar la cultura específica. No es prudente darle la espalda a casi un milenio de tradición, que sí constituye un arraigado patrimonio cultural de origen popular que, aunque se mantiene vivo, hemos tergiversado y hasta perdido zonas esenciales del conocimiento heráldico, lo que amenaza su perpetuidad en las generaciones futuras. 

Los mejores escudos cívicos no son aquellos que intentan representar todos y cada uno de los elementos que caracterizan el devenir histórico de las comunidades que pretenden representar, lo cual resultaría, además de innecesario y carente de síntesis artística, contrario al criterio de mantener la sencillez de un símbolo llamado a lograr una buena identificación con su objeto,[5] sino los que representan con sobriedad y sencillez aquella particular condición que hace a una comunidad única e irrepetible: en la Habana son sus tres castillos y la llave; en la ciudad de Holguín son sus santos patrones y la disposición de su elevación; en la ciudad de Matanzas son el Pan, el castillo y los puentes; en la ciudad de Cienfuegos, el castillo y la planta de jagua, armas parlantes; en la villa de Madrid, son el oso y el madroño; en la ciudad de París, la barca sobre las aguas y el sembrado de lises en jefe; en Barcelona, los palos de Aragón y la santa cruz; en Caracas, el león con la cruz de Santiago y la venera; en Managua, el león con la bola; en San Juan, el Agnus Dei, ¿y cuánta historia no guardan estas ciudades? ¿Sería prudente sustituir esa sencillez por complicados diseños que abigarran el campo hasta suprimirlo completamente, sólo para que el escudo sea portavoz de la historia local? No es esa la misión de un escudo de armas, sino la de identificar, buscando mecanismos de representación simbólica de un modo inequívoco y sencillo: se dice que un buen escudo es aquel que puede ser dibujado de memoria por un niño de cinco años de edad, lo cual es más imposible mientras menos sepamos seleccionar aquellos elementos de su más exclusiva identidad. 

En relación con el escudo municipal de Holguín, ruego a Vd. me explique cómo es posible que un escudo tenga clasificación ¿¿¿¡¡¡arqueológica!!!??? Disculpe si es ofensivo, pero dicha clasificación es un disparate, como también la de “advocativa” para el escudo municipal de Holguín. Hasta donde conozco, el término “advocativo” no existe, y si existiere no sería exacto, ya que la advocación, palabra reconocida, está relacionada con el título o nombre que se da a un templo, capilla o imagen particular, como pueden ser las diversas advocaciones de Nuestra Señora (de los Dolores, del Amor Hermoso, del Perpetuo Socorro, del Carmen, de la Caridad del Cobre, etc.), o también puede decirse que la S.I. Catedral de Holguín fue erigida bajo la advocación de San Isidoro, lo cual no justifica el término “advocativo”, porque en el escudo no aparecen nombres o títulos, sino imágenes. Tampoco resultaría adecuado, a mi juicio, clasificar el escudo como hagiográfico, porque además, las imágenes de ambos santos no constituyen la totalidad del escudo de armas. Es por ello que yo prefiero, al estudiar los escudos de armas, hablar de elementos religiosos, los cuales abarcarían no sólo a la Iglesia Católica Romana, sino al resto de las confesiones religiosas. Las clasificaciones no son capaces de agotar la riqueza de la vida; por lo tanto, me parece que es un error clasificar el escudo municipal de Holguín como “advocativo”. En conclusión: el escudo municipal de Holguín contiene elementos religiosos, monárquicos y ambientales, y su clasificación es: cívica, toda vez que en su totalidad representa a una corporación cívica: la Asamblea Municipal del Poder Popular de Holguín, y por esta vía, a todo el municipio en cuestión. 

En cuanto a la clasificación de “arqueológica”, como no hayan descubierto el susodicho escudo bajo escombros, o sepultado por siglos de sedimentos, me temo que de arqueológico sólo tiene el Hacha de Holguín, pero nunca el escudo podrá ser clasificado como arqueológico. Y aún si hubo sido encontrado bajo escombros, sólo podrá ser arqueológica la pieza, pero no el escudo, que ya le expliqué antes es la descripción y no la pieza, porque este es un fenómeno subjetivo a partir de su regulación en el plano jurídico. 

Escribí en el “Informe…” que la flor de Holguín sólo crecía en la provincia, y si Vd., que vive en ese territorio, considera que es un error, le pido que disculpe tal imprudencia mía, pero Vd. haría mejor aun en comunicárselo y debatirlo con mi fuente, al parecer tan holguinero como Vd. y que Vd. reconoce como experto, puesto que es el autor del actual escudo provincial holguinero que ha suscitado todo este debate; así que ruego tenga Vd. la amabilidad de comunicárselo al Sr. Oclides Escalona Rivero, en cuyo texto, publicado en forma de plegable e intitulado “Escudo de la provincia Holguín”, en su último parágrafo, se lee: “…emerge una flor, la del Jazmín del Pinar, que es autóctona de la provincia Holguín y se encuentra exclusivamente en Pinares de Mayarí y sus zonas aledañas”,[6] por lo tanto, al tomar como válidos los planteamientos del Sr. Escalona, confié en su rigor que Vd. ahora desmiente, y olvidé asegurarme de confrontar la veracidad de toda la información que aparece como fundamento histórico del escudo de armas, lo cual me hizo reproducir un lamentable error que se encuentra en el propio texto que se reparte como publicidad (peor aún), a pesar de que, como Vd. dice, “una comisión presidida por el Dr. José Manuel Guarch Delmonte (también fallecido), compuesta por representantes de PATRMONIO, UNEAC, Archivo Histórico, publicitarios, plásticos y de la Comisión de Historia, por encargo de la Asamblea Provincial analizaron aproximadamente una decena de propuestas (…) y finalmente sugirió, después de varias sesiones de análisis, la que fue aprobada el 9 de junio de 1995…”. Cabría preguntarse por qué, si tan encumbradas personalidades de la cultura local analizaron las propuestas, nunca se enmendó el error en el plegable, cuyo autor asumo que es el Sr. Escalona, ya que, para colmo de la informalidad, no aparecen la fecha ni el autor de las líneas; por lo tanto, las confusiones generadas no son imputables a quien suscribe, aunque claro que mucho agradecería ser informado finalmente dónde está el error original. Por ello ha sido beneficioso que Vd. haya reparado en el error, ya que de esa manera, se podrá arreglar el diseño, y presentarlo con mayor rigor. 

Pasemos al análisis de las figuras sobre las que Vd. comenta en su exposición, a saber: el friso de la Plaza de la Revolución, el hacha de Holguín, el cañón, la loma de la Cruz y la Periquera. 

El friso de la Plaza de la Revolución es un buen ejemplo de la vulneración del tipo, uno de los planos en que se estructura la Ciencia Heroyca. La Heráldica es una disciplina diseñada para describir un escudo sin necesidad de dibujarlo, es por ello que emplea gran número de palabras técnicas y giros lingüísticos propios, en ocasiones un poco complejos; se trata de que un castillo sea siempre un castillo, con independencia de quién lo dibuje o quién lo interprete. Digamos, los escudos de las ciudades de Matanzas y la Habana tienen en común los castillos, pero no son los mismos castillos; si el primero representa al castillo de San Severino, los segundos representan los castillos de los Tres Reyes Magos del Morro, San Salvador de la Punta y la Real Fuerza, de tal suerte que son todos el mismo castillo en cuanto al dibujo, pero distintos al mismo tiempo, toda vez que representan construcciones muy diversas. El tipo es justamente el cauce general de las representaciones gráficas. Otro ejemplo: ¿cuántas razas de vacas existen actualmente? Sin dudas muchísimas; sin embargo, en los escudos las vacas todas se representan del mismo modo: eso es tipo heráldico. 

La Heráldica repele las figuras específicas, porque no se pueden describir. ¿Cómo describir los Inválidos en París, la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia, o la Ópera de Sydney? ¿Cómo se describiría el friso de la Plaza de la Revolución? Imposible hacerlo, por eso es inadmisible dicha figura como parte de un discurso heráldico. El friso es una construcción que por muy identificada que esté entre los holguineros y desde su provincia, no puede incorporarse al escudo de armas, al menos no de la manera tan iconográfica y sin lirismo heráldico con que se muestra en el actual escudo. Por otro lado, es de lamentar que aún pervivan criterios ya superados por la teoría contemporánea sobre el significado de los esmaltes: el esmalte plata no significa pureza, integridad, firmeza ni vigilancia. Todos esos significados son falacias de cuentos de hadas, que nunca tuvieron un carácter serio. Los esmaltes, en primer lugar, tienen por objetivo lograr un impacto visual al través de un profundo contraste de colores, y esa es la razón por la cual no debe ponerse color sobre color, metal sobre metal ni forro sobre forro, aunque existen excepciones plenamente justificadas. Y para sostener este criterio, cito a un eminente heraldista español, autor del “Manual de Heráldica Española”, el Sr. Eduardo Pardo de Guevara y Valdés, en cuya página 22 dice lo siguiente: “Ningún crédito deben merecer, por tanto, las conocidas y fantásticas interpretaciones que conceden determinados simbolismos, como la lealtad, el valor o el sacrificio, a los distintos colores, llamados esmaltes en la terminología específica”. 

Nuevamente debo citar a Pardo de Guevara cuando dice en la misma página citada en líneas anteriores, por la genialidad de su síntesis: “La tradición heráldica establece, sin entrar en mayores especificaciones, que los colores o esmaltes han de poseer una gran densidad cromática y que han de representarse con independencia de la libertad concedida al artista, de forma nítida, plana y uniforme, es decir, sin tonos, sombras y matizaciones. Estas recomendaciones, (…) tienen una intención netamente práctica: el impacto visual (…)”, todo lo cual sustenta nuestra tesis en relación con el friso de la Plaza de la Revolución, que es sencillamente una arquitectura, y aunque fuere el núcleo de la identidad de la provincia, no puede fotografiarse y enmarcarse en una boca heráldica como si se tratase de un cuadro. 

La Loma de la Cruz es un elemento orográfico del municipio y de la provincia de Holguín, pero sería conveniente preguntarnos si un buen escudo debe incorporar todos y cada uno de los hitos históricos, ambientales, sociales, y de toda otra índole que identifican a la provincia. La respuesta es categórica: no. Razones prácticas obligan a la sobriedad y la sencillez: el impacto visual, y otra cuestión es que el escudo local no puede convertirse en un libro de historia. Rechazo de plano todo argumento de Vd. relativo a mi intención de relegar la historia holguinera; la historia se puede abundar en los libros de historia, reflejarse en otras artes según cada instrumental, pero en el escudo, se exige la condensación de la identidad local, con la menor cantidad de piezas, esmaltes y particiones. Igual comentario merecen el cañón y la Periquera. No se trata de relegar ni despreciar “de manera tan déspota” (¿Quién ofende a quién? ¿Dónde está la arrogancia? Preocupémonos más por el patrimonio holguinero que por nuestros propios egos) la historia holguinera, sino de resumir y sintetizar esa historia en un símbolo memorable por su sencillez. 

No puedo estar más de acuerdo con Vd. cuando dice que “todo aquel que intente confeccionar un escudo de armas tendría como prerrogativa que convertirse primero en un estudioso de esta bella ciencia”, aunque creo que en lugar de prerrogativa emplearía la palabra requisito, que es más adecuada; así como una persona no puede ejercer la medicina si no tiene estudios previos (hablamos de ciencias, como lo es la Heráldica, ciencia y arte a un tiempo), del mismo modo la organización de escudos corresponde a personas especializadas en la materia, lo cual significa que los que no conocen de Heráldica no pueden confeccionar escudos porque no tienen los conocimientos necesarios para llevar a feliz término dicha empresa. El artículo primero de la Ley 33/1981, de 5 de octubre, del Escudo de España[7] es paradigma de descripción heráldica. Y como bien Vd. plantea, si la descripción correcta es aquella que emplea los términos propios de la ciencia, ciertamente habrá que re-describir el Escudo Nacional, ya que su descripción es harto errónea. En ello radica justo la esencia revolucionaria de los investigadores y expertos de cada momento, con toda la dosis de valentía y riesgos que conlleva, a partir del análisis crítico, también, de lo ya establecido, no siempre bien establecido. 

El hacha de Holguín aparece repetida en el escudo actual: en la boca (contorno) y a los márgenes diestro y siniestro del escudo, partida verticalmente. Me permito comentar un par de elementos en relación con el hacha de Holguín: primero, que la analogía entre la división del segundo cuartel del Escudo de la República y la división del hacha de Holguín no puede ser más infeliz, ante todo porque no existe tal división en dicho cuartel, sino que se trata de dos barras de plata en campo de azur. Es una organización muy común y no tiene ninguna división: en un campo esmaltado en azur, se colocan dos barras de plata. En cambio, la división del hacha altera su naturaleza y no aporta nada al escudo, sino todo lo contrario, le resta visibilidad al campo. En consecuencia, nuestra propuesta ha mantenido la boca del actual escudo, que se forma con el contorno del hacha alargada horizontalmente para dar cabida a las piezas, particiones y muebles de las armas. En el Escudo de la República, la referencia al azul turquí es otro lamentable error, que tiene origen en la Ley del Congreso de la República de 6 de enero de 1906, que ordena sustituir el azul celeste en el escudo y bandera nacionales por el azul turquí, tonalidades que no existen en Heráldica, sino simplemente el azur. Como ya le dije al principio, la idea era MODIFICAR el escudo actual existente, al utilizar los elementos positivos del vigente; por lo tanto, es inadmisible (además de irrespetuoso) que Vd. pretenda acusarme de plagio, lo cual no merece mayor comentario ni detenimiento. Segundo, cuando una figura se inserta en el escudo de armas, comienza a regir para esta los mismos cánones de esmaltaje que rigen para todas las figuras y piezas, es así que no tiene ningún sentido mantener el color original verde olivo del hacha, toda vez que vulneraría con ello la costumbre heráldica fundamental, que recomienda no poner color sobre color, metal sobre metal ni forro sobre forro; del mismo modo que el león del escudo del Reino de España es de púrpura (violeta), el del Reino Unido es de gules (rojo), y el de Finlandia trae un león de plata que en lugar de pata, tiene una mano que sostiene una espada; el escudo del Gran Ducado de Luxemburgo trae un león de gules con doble cola, lo mismo que la región de Bohemia, etc., como ve, las figuras pierden sus colores para someterse al régimen cromático de la Heráldica, conque no sería adecuado mantener el hacha en su “color natural”, sino esmaltarla como corresponde. 

Rechazo categóricamente el haber plagiado el escudo de Holguín. Es un criterio que no se sostiene por sí mismo. Nuestra intención y lo que se hizo fue depurar el actual escudo de un grupo de figuras que le restaban visibilidad y elegancia; esmaltamos las piezas, el campo y las figuras de tal suerte que se mantuvieran los elementos que no estaban en conflicto con los usos y costumbres heráldicos, como la boca (contorno del Hacha de Holguín), los ramos de caña y cafeto, los cuales hubieron de alterarse para que se ajustaran al protocolo vexilológico cubano, al dejar, para la cinta que representa la bandera de la Estrella Solitaria, la derecha o posición de honor, mientras que la cinta que representa la bandera del Movimiento 26 de Julio debía ubicarse a la siniestra. Ello ocurre así, por el canon de personalización; es decir, el escudo de armas, al considerarse como una extensión física y psicológica del caballero, tiene derecha e izquierda propias, que se oponen a las del observador; por lo tanto, la derecha o diestra del escudo será la izquierda o siniestra del observador. Además, se mantuvo la flor de Holguín o Jazmín del Pinar, por las mismas razones antes expuestas. Sin embargo, aún en el caso que se hubiese organizado el escudo con la intención de plagiar al actual que representa la provincia de Holguín, no procedería el plagio, porque los elementos reproducidos son externos u ornamentos, que pueden ser comunes a varios escudos. 

Este extremo es fácilmente demostrable: todos los Jefes del Estado de la Ciudad del Vaticano emplean escudos distintos, pero los mismos adornos, consistentes en las llaves de San Pedro, la cinta roja y la tiara pontificia o trirregnum, del que penden las ínfulas, aunque justo es decir que S.S. Benedicto XVI (2005-) abandonó la tiara, símbolo indiscutible del poder papal desde los tiempos de Clemente V (1305-1314),[8] para colocar como timbre una mitra blanca con tres listas amarillas horizontales comunicadas por una vertical. 

Muchos municipios cubanos, algunos de los cuales son holguineros, como Antilla y Banes, han reproducido en sus adornos elementos propios del escudo de la República, desde su boca (que puede o no funcionar como adorno)[9] formada por una adarga de doble escotadura en jefe, hasta las ramas de encina-laurel o el haz de varillas, lo cual no implica en ningún caso un plagio, por tratarse de elementos exteriores o adornos. En igual caso se encuentran los escudos españoles o los puertorriqueños; en los primeros, las normas jurídicas disponen que los escudos locales sean timbrados con la Corona Real española; los otros han establecido un sistema de identificación en sus coronas murales con el cual se puede conocer la categoría de la comunidad representada en el escudo por el esmalte y el número de torres, ¿ello significa que los españoles plagian el escudo de Su Majestad, y que los borincanos se plagian entre ellos mismos sus adornos? Lo mismo ha ocurrido en Italia, cuya regulación dispone que, en relación con el número de garitas de la corona mural, es la entidad de la comunidad. En la Heráldica Eclesiástica, también los obispos, arzobispos, cardenales, notarios apostólicos y otras autoridades, tienen arreglos ornamentales preestablecidos para evitar confusiones en relación con sus cargos. 

Incluso, con sobrada insistencia se ha hablado sobre la necesidad de la uniformidad en los escudos cívicos, es decir, que todos tengan los mismos adornos, posición a la que no me afilio por defender la diversidad y libre expresión de cada comunidad para determinar sobre sus símbolos, así como que puede enfrentarse acientíficamente al decurso de cada comunidad en sus relaciones en otro momento histórico (pasado o futuro) o no con el resto de las entidades en que se encuentran en ese momento. 

Finalmente, en cuanto a la clasificación de época, como tantas clasificaciones, suelen ser muy susceptibles, y hasta urgidos, de polémica; los autores franceses e ingleses que Vd. leyó, no son los únicos ingleses y franceses (y de otras nacionalidades, sin olvidar a los cubanos, no por cubanos menos importantes a considerar) que se han pronunciado al respecto; sería desviarnos del tema si siguiéramos este discurso que Vd. propone, pero ya que insiste, ningún estudioso serio de tales clasificaciones puede obviar el impacto del Renacimiento (indisoluble con el “descubrimiento del Nuevo Mundo” o “encuentro de dos mundos” o “de dos, o tal vez más, culturas”… como le quieran llamar, sin caer en tecnicismos) en la Historia de toda la Humanidad… primer gran grito de una burguesía esplendorosa hacia el poder definitivo, en un largo proceso de cuyo cuestionamiento emanarían nuevos conceptos, como post-modernidad… 

No sigamos estos derroteros, pero reconozca en primer lugar lo polémico de su cuestionamiento y la impronta de los hechos a que estamos aludiendo, sin sentirnos minimizados por los efectos en verdad devastadores en buena medida, genocidas, pero que también lograron otros aportes y nuevas culturas de donde venimos todos, en particular los pueblos americanos actuales (no somos los precolombinos, aunque algunos lo insistan de forma irracional) y modificaron la cultura universal en casi todos y cada uno de los rincones del planeta; si detrás de Guanahaní no hubiera estado Cuba (y concretamente, las costas de la actual Holguín), otra muy distinta hubiera sido la Historia no sólo de Cuba, sino de toda la Humanidad; no se sienta cuestionada porque por allí hayan llegado “los colonizadores”, que hubo mucho más que eso, para bien y para mal. Y en ello sí se distingue Holguín de manera exclusiva en Cuba, y en el mundo; además de que cronológicamente, salvo el hacha, antecede a todos los demás elementos, que parten de tales hechos históricos, incluso el hacha, que no pierde relación con ellos. 

Es por todo este patrimonio valiosísimo que para toda Cuba, y mucho más allá, atesora Holguín, al igual que muchas otras comunidades cubanas y que he podido descubrir según mis humildes posibilidades para amar más, patrimonio del que tan orgullosos podemos sentirnos como pueblo y debemos defender por sobre todas las diferencias a menudo enriquecedoras, es por lo que he manifestado sanamente estas preocupaciones con sugerencias concretas que espero sabiamente sepan reflexionar en clima más pausado, tolerante y reflexivo. Siga contando conmigo, de forma incondicional y siempre honesta, para toda obra constructiva para con dicho patrimonio, y para con los tantos valores holguineros, como de otras tantas comunidades cubanas. 

Con saludos cordiales, quedo de Vd., 

Referencias bibliográficas mínimas. 

1. ARCO, Fernando del. Heráldica papal. Editorial Hidalguía. Madrid, 1996. 
2. ARISTA-SALADO Y HERNÁNDEZ, Maikel. Los escudos cívicos de Cuba. Mención en el Premio Nacional de Investigación Cultural 2006, del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”. Inédito. 
3. ———. Introducción a la Heráldica cubana: el Escudo Nacional. Inédito. 2008. 
4. ———. Informe Nº 1 al Grupo de Heráldica y Genealogía de la Dirección Provincial de Cultura de Villa Clara. La Habana, 2008. 
5. ———. El viejo dilema del escudo pinareño. Inédito, 2008. 
6. CADENAS Y VICENT, Vicente. Diccionario Heráldico: términos, piezas y figuras usadas en la ciencia del blasón. Instituto Salazar y Castro. 1988. Versión digital. 
ENCICLOPEDIA BARSA. Tomo XIV. Enciclopedia Británica. 1974. 
ENCICLOPEDIA ESPASA-CALPE. Tomo LVIII. Madrid, 1958. 
FIGAROLA-CANEDA, Domingo. Los escudos primitivos de Cuba. Revista de la Biblioteca Nacional. Imprenta de la Biblioteca Nacional. Enero de 1913. La Habana, 1913. 
10. GARCÍA ENSEÑAT, Ezequiel. El escudo oficial de la Habana. Municipio de La Habana. La Habana, 1943. 
11. GAY-CALBÓ, Enrique. Los símbolos de la Nación cubana: los escudos, las banderas, los himnos. Editorial Boloña. La Habana, 2000. 
12. KOBLISCHEK ZARAGOZA, Ignacio. Armorial Popular Nº 1. Edición digital. España, 2006. 
13. ORTA Y PARDO, Raúl Jesús. Curso Introductorio a la Heráldica “Don Enrique Mendoza Soler”. Foro Heralatin. Colegio de Heráldica Latinoamericana. Venezuela. 2004. 
14. SANTOVENIA Y ECHAIDE, Emeterio de. Escudos y heráldica de las seis provincias de la República de Cuba. Colección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional José Martí. La Habana. 1929. 
15. TORO Y GISBERT, Miguel de. Pequeño Larousse Ilustrado. Edición Revolucionaria. Instituto del Libro, La Habana, 1968. 

Fuentes digitales 

www.ngw.nl Sr. Ralf Hartemink 
www.heraldicahispanica.com Sr. Ignacio Gavira y Tomás 
www.riag.es Sr. Ignacio Koblischek y Zaragoza 
www.pinarte.cult.cu página a cargo del Sr. Gerardo Ortega y Rodríguez 

[1] Tomado de: Informe Nº 1 al Grupo de Genealogía y Heráldica de la Dirección Provincial de Cultura de Villa Clara, texto que se anexa como apéndice documental. 
[2] El documento se conserva en la Colección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional “José Martí”. 
[3] Existe un debate sobre si el escudo provincial pinareño es una modificación del anterior o uno completamente nuevo; al respecto, consultar el apéndice documental. 
[4] Acuerdo del Gobierno provincial. 
[5] Según las leyes de la Simbología, todo símbolo se da en una relación simbológica concreta, cuya estructura está formada por: objeto, símbolo e interpretante. Para mayor profundidad, Vid. Introducción a la Simbología cubana, del Autor de estas líneas. 
[6] El subrayado es del autor de estas reflexiones. 
[7] Publicada en el Boletín Oficial del Estado número 250, de 19 de octubre de 1981. El artículo 3.º fue desarrollado por el Real Decreto 2964/1981, de 18 de diciembre, por el que se hace público el modelo oficial del Escudo de España, publicado a su vez en el Boletín Oficial del Estado número 303, de 19 de diciembre de 1981. 
[8] Su antecedente fue Bonifacio VIII, que introdujo la segunda corona en la tiara. Fuente: Arco, Fernando del. Heráldica papal. Editorial Hidalguía. Madrid, 1996. 
[9] Se debate si la boca del escudo de la República es fruto de la estética, capricho del artista o si, muy por el contrario, esconde otra semiología y su elección responde a un postulado político. Vid.: “Introducción a la Heráldica cubana: el Escudo Nacional” (inédito), de Maikel Arista-Salado y Hernández.